Sobre mi
Desde que empecé —hace ya más de treinta años, quizá más, quizá menos, el tiempo es un animal caprichoso— me rondaba la idea absurda de que el último trabajo sería el último. Definitivo. Fin de trayecto. Pero no. Nunca lo es. Nunca lo ha sido. ¿La última vez? No sabría decir. Y tampoco viene a cuento. Cuando leas esto, si es que lo lees, seguramente ya estaré en otra cosa. Siempre en otra cosa. Ser actor es eso: una forma peculiar de mirar el mundo, o de dejar que el mundo te mire a ti. No como traducir. No como dirigir doblajes. Es otra clase de condena, más silenciosa, más obstinada.
Desde que tengo memoria quise ser actor. O eso digo ahora. A veces pienso que no fui yo quien eligió. Que fue el teatro el que me señaló, como quien elige una piedra del camino y la mete en el bolsillo sin saber por qué. No fue una llamada, no. Nada místico. Nada de voces. Más bien un cambio de presión atmosférica. Una corriente de aire. Una tormenta que se forma sin pedir permiso.
Mi primer contacto con el teatro ocurrió hace tanto que podría haber sucedido en un país inventado. De hecho, tuvo lugar en uno que ya no existe. Aún veo a Pascual, subido a una silla, remedando la figura de El Cristo de la Vega sobre la pizarra, como si la pizarra fuese escenario y él, por un instante, creyera en su propio milagro. Y a Toni Ribera, vestido de mujer, arrodillado ante él, reclamando justicia por una promesa rota. Cuarto curso, creo. Otros tiempos. El teatro siempre estuvo ahí, metido en mis asuntos: el primer beso, el nacimiento de un hijo, el instituto, la universidad, el primer trabajo. Gracias al teatro conocí a quien sigue conmigo, pese a los vaivenes, pese a todo. Y de cada cosa, buena o mala, he intentado sacar algo. Un resto. Una brizna.
No fue fácil. No lo es. Por eso, en cierto momento, me aparté. Me escondí en el cuarto oscuro del doblaje, donde nadie te ve pero todos te oyen. No me quejo. Pude ver crecer a mi hijo sin sobresaltos. Pude estudiar. Viajar un poco. Y habría seguido así, escondido, si no hubiese sido por la pandemia. La peste y el teatro, decía Artaud, siempre se dan la mano. Y algo se movió entonces. Algo viejo. Algo que creía dormido. Tengo sesenta y cuatro años ahora. Quizá más cuando leas esto. Quizá ninguno. Y siento que puedo retomar lo que dejé en suspenso.
Así que aquí estoy. Otra vez. Viviendo el momento. O dejando que el momento me viva a mí.